Cuaderno de bitácora de Enero 2000 |
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Comida de negocios En el quinto piso de la Prefectura de París, mientras yo acompañaba a un argelino sin papeles, me abordó una funcionaria: "Soy tunecina. Hace tiempo que deseaba verle. A otros funcionarios también les gustaría. ?Sería posible?". Sólo podía parecerme bien. Pasado un tiempo, nos citamos a las doce en el Atrio de Notre Dame. Me esperaban seis personas. Me llevaron a un restaurante de la Isla San Luis donde habían reservado una mesa. !Para darnos tiempo a dialogar, sus respectivos directores les habían autorizado a no volver a sus puestos hasta las 15 horas! Los jóvenes comensales estaban a la vez intimidados y encantados. Después de las presentaciones, iniciamos inmediatamente el diálogo sobre la acogida de los extranjeros en la Prefectura: "No es fácil para nosotros. Tenemos directrices. De cualquier modo, no somos nosotros quienes decidimos. No podemos regularizar a todo el mundo, ¡sino sería abrir una puerta a la invasión!" ¡El mismo discurso tantas veces oído! "Si para nosotros no es fácil, todavía lo es menos para los sin papeles que tienen que hacer una auténtica carrera de obstáculos, de ventanillas en ventanillas, de cita en cita, con esperas interminables !para acabar escuchando que aún falta algo en su expediente. !" La conversación está bien encarrilada. La comida también.
Comprobé que la charla interrogaba a sus conciencias y les permitía
tal vez cambiar su mirada hacia los sin papeles. Tanto fue así que
juramos volvernos a ver. Pero antes de marcharse la tunecina me hace un
regalo: un estuche de su país que contenía un rosario. Niños gitanos En la UNESCO, la Liga de los Derechos Humanos organizó una mesa redonda sobre la situación jurídica de los menores extranjeros sin papeles. La gran sala está repleta. Intervenciones de calidad con el GISTI, France Terre d'Asile, Moissons Nouvelles, sin olvidar a un juez de tutelas. Entre varios, queríamos hablar para defender a los jóvenes gitanos que ningún organismo quiere atender para conseguir su asilo en Francia. Nuestra intervención no estaba programada. Había suspense. ?Qué dicen estos niños en la sala?. "No queremos volver a Rumania. Los rumanos son duros con nosotros. Nos echan de todas partes: de las fiestas, de los cines, de las iglesias. En Navidad, nos tiran piedras. Rompen nuestras casas y roban nuestras tierras. Todo el mundo habla mal de nosotros y nos mira con maldad. Al llegar a Francia no tenemos casa. Nunca nos podemos quedar en el colegio. Somos pobres porque nuestros padres no tienen derecho a trabajar. Ahora estamos tristes, ya no tenemos ganas de jugar." Yo recordaba a Victor Hugo: "De dónde vienen todos esos
niños? Ninguno se ríe". Café literario Un judío que se define como no creyente y una musulmana que afirma su creencia acaban de casarse por lo civil. Desean que un día cercano yo les pueda bendecir. Él presentará un texto expresando su petición. Ella leerá un pasaje del Corán que da sentido a su vida. Ambos animan un café literario. Me invitaron una noche para un debate sobre el Pacs (Pacto Civil de Solidaridad). Unas treinta personas, que no se conocían en su mayoría, se reunieron dando una buena muestra de variedad: gente casada y solteros, heterosexuales y homosexuales, padres de hijos homosexuales: El diálogo es animado. Uno de ellos declara estar en contra del matrimonio, mientras otro afirma que el Pacs no es más que un sub-matrimonio... A mi amigo judío le cuesta templar los ardores del grupo. Algo llama mi atención: en este debate, en ningún momento se hace referencia a la Iglesia (a las Iglesias). Como si estuviera fuera de juego, ausente del debate social. El grupo me escucha con atención "El Pacs no parte de principios,
es pragmático. Parte de situaciones vividas, vividas por mujeres
y hombres para intentar asegurar la igualdad de derechos entre las parejas.
No veamos en él una amenaza para el matrimonio. Es otra forma de
ver la pareja y la familia. Con el tiempo, veremos qué novedades
el Pacs introduce en la sociedad".
Acciones de Gracias Durante tres días, tuve la alegría de encontrarme con comunidades belgas en los alrededores de Namur. No les conocía pero tuve la sensación de recibir algo de ellas y de recibir a alguien: a Jesús. Yo pensaba en el apóstol Pablo que sentía vivos deseos de verse con los cristianos de Roma para "sentir entre ellos el mutuo consuelo de la común fe" (Romanos 1, 12) Las comunidades que me acogían tenían un gran corazón y una fe profunda. En la misa dominical, la emoción se palpaba. Las pruebas y los sufrimientos no les habían faltado. Supe con admiración que muchos de ellos habían venido en autocar a Évreux, en enero de 1995. Se habían reunido delante de la catedral de Namur, en la catedral y habían tomado la palabra: cinco años más tarde, siguen por el mismo camino. Jesús es alguien a quien se recibe. Siempre viene de otra parte. Estas comunidades me han dicho algo de Él. Él es quien pone a la gente en pie. Su presencia no cesa cuando se marcha. | |
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Partenia en cifras, año 1998
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